Libres encadenados

libre

Per Iván Gutiérrez, Elizabeth Rodríguez, Jose Antonio Castro i Andrés Amaya; 1r BTX

Jean-Jacques Rousseau fue un filósofo, de origen francés, que tuvo una importante participación y aportación en la filosofía del siglo XVIII. En su obra El contrato social afirma que "El hombre nace libre, pero encadenado por todos lados". En esta obra podemos encontrar una paradoja entre el libre albedrío y su restricción por un contrato social, es decir bajo el Estado. Durante siglos la filosofía ha reflexionado sobre el dilema de si somos libres de elegir nuestras propias acciones o si, por el contrario, estamos determinados por un futuro que ya está escrito. La paradoja de la libertad determina que cuantas más acciones a escoger tengamos, más fácilmente se produce una parálisis a la hora de poder escoger.

A veces pensamos que cuando tomamos una decisión plenamente conscientes, considerando sus causas, sus consecuencias y los motivos por los cuales la tomamos, es, por eso, una decisión libre. Nuestro grupo filosófico se sitúa a favor de la libertad de decisión ¿Pero realmente podemos afirmar que tenemos libre albedrío?

Para justificarlo, en primer lugar, nos gustaría hablar sobre el experimento realizado por el neurólogo estadounidense Benjamin Libet. Libet pidió, a un grupo de voluntarios, que movieran una mano en el momento que ellos quisieran. Durante todo el proceso, tenían unos electrodos midiendo sus ondas cerebrales. Libet descubrió que, justo antes de que cualquiera de ellos fueran a mover la mano y por lo tanto fueran conscientes de su decisión, segundos antes de moverla, instantáneamente, ya se había formado una señal eléctrica en el cerebro para ejecutar la acción, lo que para muchos científicos significaba, y sigue significando, que este órgano decide antes de que el individuo se dé cuenta de ello. Este hecho histórico demuestra la existencia del libre albedrío puesto que la persona aún conservaba la posibilidad consciente de interrumpir el movimiento.

Para muchos este experimento no tuvo la validez necesaria como para considerarlo una respuesta adecuada a la pregunta formulada, dado que Libet se basaba en acciones banales y sin un objetivo particular. Además, alegaban que las acciones las cuales realizamos de manera voluntaria cuentan con un procedimiento mucho más complejo del que se necesita para realizar un movimiento al azar. El experimento de Libet no tuvo en cuenta que, antes de realizar una elección de importancia, los seres humanos analizamos una serie de razones y consecuencias de ese acto, por lo que la elección depende del individuo.

En segundo lugar podemos hablar del experimento del semáforo diseñado por John-Dylan Haynes, director del Centro Bernstein de Neurociencia Computacional de Berlín. En este experimento se nos plantea una hipotética situación en la que un conductor se encuentra detenido ante un semáforo, la luz está en verde; lo que él no sabe es que el semáforo es capaz de leer sus pensamientos y que va a intentar engañarlo. Cada vez que el conductor decide pisar el acelerador, el semáforo se pone en rojo. Para llevar a cabo el experimento un voluntario se sienta ante una pantalla en la que brilla una luz verde. A sus pies hay un pedal que imita un acelerador. Gracias a un gorro dotado de electrodos, los científicos registran las corrientes cerebrales. Esto permite que el ordenador sepa cuándo el conductor se dispone a pisar el acelerador. Y lo sabe porque surge en su cabeza un patrón eléctrico concreto que delata su intención. En cuanto los electrodos registran ese patrón, la luz de la pantalla cambia al rojo. Si el voluntario pisa el acelerador, pierde la partida. Al principio, los participantes pierden una y otra vez. Pero, poco a poco, aprenden a burlar a sus propias corrientes cerebrales. Y tan pronto como sienten el impulso de dar gas, lo frenan mediante una decisión voluntaria. Finalmente se llegó a la conclusión de que al igual que con el primer experimento, el del semáforo pone en evidencia que, aunque en algún lugar del cerebro se haya tomado ya la decisión de pisar el acelerador, a los voluntarios siempre les queda la opción de ejercer su derecho de veto.

Por lo tanto, podemos afirmar que al ser humano siempre le queda un derecho de veto, capaz de controlar las decisiones inconscientes. Se considera que ésa es la última palabra sobre una decisión y es el individuo el responsable de llevar a cabo una acción o no. A pesar de estar condicionados por impulsos neuronales que se anticipan a una elección, siempre podremos elegir qué hacer con esa acción, lo cual nos permite asegurar que a pesar de no tener plena capacidad de elección, sí que podemos tener la última palabra sobre nuestras elecciones.

Abril 2018

 Institut Juan Manuel Zafra

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